Disfruto de las alegrías que da el estar ocioso.
Habiendo terminado el camino en este rocoso monumento. Mirar al fin del mundo, sentándome mirando la marea subir y bajar. Y no tener que hacer nada. Mirar a los barcos irse y venir. Me fui de mi casa porque no tenía nada que hacer allí. Y aquí estoy, sentándome al borde del abismo y mirando al gran azul. No hay puertas en el cielo a las que llamar, ningún hombre toca el piano con un micrófono que apesta a cerveza. No hay ninguna mujer a cuyos pies arrodillarse. Ha sido un día largo de narices y he estado trabajando como un idiota, pero ahora estoy solo, dejándolo estar. Aquí, yo y mi corazón de oro. Pensando en cuando te vi intentarlo. En todo lo que es, en todo lo que somos.
Sólo, conmigo mismo. Después de haber alcanzado la cima y haberlo visto con los ojos del depredador. Mirando al mar inmenso, y detrás tus ojos azules.
lunes, 16 de septiembre de 2013
viernes, 6 de septiembre de 2013
El mapa del cielo.
A ratos sabía contar las mejores historias, las más tristes. Algunas veces participaba en ellas. Esa noche se acostó en su cama como siempre, al hilo del horrible calor que gobernaba en verano, con la ventana abierta de par en par, con el sonido de los coches a través de su ventana, con el ruido de los aparatos de aire acondicionado que él no se podía costear, con el ruido de la ciudad buyendo de vida nocturan. Sin embargo, cuando el ruido pareció cesar, puesto que se acostumbró a él, uno mucho más molesto comenzó a molestarle: el silencio. Sus oidos parecían no enseñarle nada, ni siquiera podía oír su corazón latiendo en su pecho, el mundo se había quedado en silencio, sus ojos abiertos, no podía dormir.
No podía dormir y el silencio era tal en mitad de la noche que parecía que hasta las estrellas, las pocas que brillaban, se hubiesen parado en sus viajes a altas velocidades por el universo a miles de años luz. Se revolvió en la cama, y su piel contra las sábanas produjo un atronador gemir que le hacía espabilarse. El manto sólido del silencio volvió a caer despacio sobre él mismo y apenas lo hubo hecho, se volvió a mover. Tenía que moverse con tal de evitar el silencio. Al rato empezó a sudar, y el ruido de su respiración y su corazón ya eran suficiente para darle esquinazo a la tacidez.
Entonces la vio cuando la voz de su pecho empezó a desaparecer otra vez entre el silencio. Una estrella roja, enorme en mitad del cielo. Se levantó y el frescor de la noche entró despacio en la habitación, y ya no importaba el sonido de sus pies en el suelo, ya no importaba el silencio ni tampoco importaban los coches, ni los aires acondicionados, ni la vida de la ciudad, solamente la estrella y él.
Se sentó en el escritorio, con las hojas recién escritas de aquella tarde debajo de sus brazos, con el sudor arrugando el papel, mirando la estrella roja. Empezó a ver la cara de alguien frente a él, una cara familiar, pelo largo negro y palidez en el rostro, dientes blancos perfectos, labios rojos frente a piel muerta. No recordaba sus ojos, no recordaba su voz. Intentó tocar su piel, su cuerpo desnudo de cintura para arriba, no pudo.
Vio las marcas en sus brazos, vio la tristeza eterna de su rostro, que lo hacía cada día más hermoso. A veces protagonizaba las historias más tristes, no podía tocarla, estaba detrás de un cristal. Había una cuchilla en su mano. No podía poner sus yemas sobre su piel, solo podía usar la cuchilla. Cortó su pelo, despacio, mirándose en el espejo que era ella, cortó su barba, despacio, tatuó su nombre, despacio, en su cuerpo, sintiendo irrealmente cada herida, cada gota de sangre que salía de sus brazos, de su pecho, su vientre, sus piernas...
La mugre de las paredes, el gris que lo inundaba todo. La sangre que salía de su cuerpo era tanta que comenzaba a llenar la habitación, el espejo, ella, todo. El gris se volvía rojo. El óxido terminó por cubrir la habitación entera, incluso el espejo, ella, todo.
Se levantó sudando, con el corazón alterado, con la conciencia alterada por soñar esas cosas, con el silencio rodeando todo, el alba despuntaba en el horizonte ya...
Para soñar esas cosas mejor no dormirse nunca jamás.
martes, 27 de agosto de 2013
El rey de los lobos.
Primero la tierra se volvió de fuego. Y cuando pensamos que no podría volverse peor, el suelo se volvió de barro. Y cuando toda nuestra esperanza desapareció ya definitivamente, se volvió sangre. Los horrores que salieron de la caja de Pandora que abrió la humanidad destrozaron el mundo que conocimos; cuando los ángeles cayeron a la tierra con sus alas de fuego, castigando a todos por sus pecados, o por ninguna razón aparente, todo retazo de humanidad se había extinto ya en las hogueras del horror y del arrastrarse para lograr sobrevivir un minuto más. Los hombres se volvían animales, y justo después de la sangre, el veneno, la muerte, el horror y la pesadilla, después de todo ello llegó el hielo.
Por aquellos tiempos yo agonizaba escondiéndome entre los combates allá entre las nieves, la cuenta atrás de mis días llegaba a su fin, y lo sabía. Parte de mi hígado había entrado en mis pulmones y mi garganta luchaba tanto por echarlo afuera que tosía la sangre. Aquél fue el día que me crucé con Maluk. Me desplomé sobre el frío blanco escupiendo mi rojo interior cuando se me acercó el gran lobo gris de ojos blancos como el invierno. Le miré insensible, la muerte caminaba cerca, ponía los pies tras mis huellas en la nieve, atraía con su olor a todos los animales salvajes, deseando disfrutar del festín de mi enferma carne. De repente desafié al lobo con la mirada; "¡devórame!" le dije. "¡Contágiate!" susurré. "¡Deshazte del último pedazo de la raza humana, así será justo!" alcancé a decir ya sin aliento. El lobo me perdonó la vida, se llamaba Maluk.
Aprendí a vivir con ellos, a cazar, a dormir, a morir con ellos. En el hielo los lobos eran los amos, hasta el día en que el dios bajó a la tierra. Cuando el dios aterrizó desde el cielo, durmiente, convaleciente, parecía tan pacífico... con su pelo rubio largo, su cuerpo musculado, bello, sus ojos azules, sus sonrosados labios... su carga de muerte en sus espaldas, sus brazos asesinos, su mortal belleza...
Había aprendido a vivir como un lobo, a vivir y a matar animales, pero no sabía nada de los hombres, y menos de los dioses como aquél que aterrizó desde los cielos, dejando los campos de nieve derretidas por el calor que había provocado al estallar contra la superficie. Los lobos me miraban, yo tosía. Él era uno de los que decidía los destinos de los mortales. Qué menos que devolverle la invitación y decidir el destino de los inmortales. El dios, una vez en la tierra ya no tenía nada que hacer, era mío. Miré a sus ojos una vez despertó, y le seguí mirando a los ojos mientras le cortaba el cuello, mientras sus manos agarraban fuertemente las mías, con una fuerza sobrehumana que casi me parte en dos mientras su cuerpo temblaba tanto como las montañas, mientras los ríos de sangre brotaban del dolor de su cuello, mientras su vida se extinguía como se apagaría el sol, mientras los pájaros dejaron de cantar de golpe. Y seguí mirándolos un rato hasta que Maluk, el lobo, se acercó a mí y me dio con el hocico en el brazo. Su mirada acusaba, pero no sabía.
- No me mires así, yo soy un hombre: no soy un animal.
jueves, 22 de agosto de 2013
Segundos de paraíso.
El susurro de las olas se entremezcla con el olor a lavanda de su perfume. La ausencia de verbo llena los delicados golpes con los que la mar acaricia a su amante arenoso, crepita entre las palmeras el fuego en el que la carne toma el apetitoso color.
El paraíso se desliza entre mis dedos al retomar el contacto con las cuerdas de la guitarra. Mi voz se alza descalza entre los árboles, entre la arena. El ritmo me lo dan las olas, la melodía me la dan mis dedos, el alma y el crepitar de las llamas me deja rozar el cielo con la palma de las manos.
Oculta su luz el sol, risueño, tras su velo de seda, el cansancio atiborra ya mi alma, los placeres de la carne ya desafiaron la integridad de mi paladar, los placeres de la música sosiegan mi espíritu y me regalan el oído. Los placeres de la vista, conjugados con el oído y la atmósfera mágica de la percepción diseñaron un mundo ideal en mi mente.
A medida que desaparecen los caballos sobre el mar del cielo, toman su lugar en el teatro las estrellas y el manto nocturno. Se pierde de vista el mar, y el gran ojo, blanco, con su cazador en el centro se asoma a mirar a los lejanos mortales sabedor de vivir muchos más años que aquellos que le parecen tan lejanos, pero de no ser inmortal. Algún día el ojo desaparecerá, y el cazador dejará de recibir los besos de la luna.
Tres mares se alzan ante mi vista, el mar, el de agua, ausente solamente visible por el reflejo de la luna en las eternas corrientes. El segundo sobre mis ojos, infinito también ante mi pobre percepción, lleno de estrellas, de gotas de leche, ajeno a las ciudades, ajeno a nuestro fuego, ajeno a nosotros. Y por último el infinito mar de sus ojos. El mar al que acerqué mi mirar, sobre el que dispuse mis labios y el que, ansioso, devoré con mi alma y el que decidí besar con mi alma.
domingo, 11 de agosto de 2013
Aleph
Cuando el aire polvoriento
quema como el infierno.
Cuando los ojos de las máquinas
brillan en el desierto.
Cuando rodea la oscuridad
la última melodía.
Cuando todavía se escuchan
los cuadros de la noche,
te veo.
Con tus ojos negros,
tu pelo negro, tu piel morena.
Tus historias, tus cuentos,
el brillo de tus ojos,
tus tiempos, tus silencios.
Cuando te veo
en los cuadros de la noche,
y se evapora el rocío
en las hojas de tu pelo,
y me murmuras
en la humedad de tus labios
y te caen los caballos
de la cabeza al pecho,
y te mueves en tus caderas,
y cantas y murmuras...
Cuando despacio hablas
y te acarician las palabras,
mi pulso se dispara
y la pena me acompaña
al saber que no te tengo.
quema como el infierno.
Cuando los ojos de las máquinas
brillan en el desierto.
Cuando rodea la oscuridad
la última melodía.
Cuando todavía se escuchan
los cuadros de la noche,
te veo.
Con tus ojos negros,
tu pelo negro, tu piel morena.
Tus historias, tus cuentos,
el brillo de tus ojos,
tus tiempos, tus silencios.
Cuando te veo
en los cuadros de la noche,
y se evapora el rocío
en las hojas de tu pelo,
y me murmuras
en la humedad de tus labios
y te caen los caballos
de la cabeza al pecho,
y te mueves en tus caderas,
y cantas y murmuras...
Cuando despacio hablas
y te acarician las palabras,
mi pulso se dispara
y la pena me acompaña
al saber que no te tengo.
domingo, 4 de agosto de 2013
Nella Fantasia.
Desde
que el hombre es hombre, éste
ha levantado sus ojos al cielo y ha contemplado con temor, con
inocencia, con
fantasía, los
puntos de esperanza y luz que arden en mitad de la penumbra y la
muerte.
Desde
que el hombre es hombre, ha
mirado a las estrellas y se ha visto, pequeño
en la inmensidad,reflejado
en ellas. Y
desde que miró por vez primera, soñó, soñó
con ser como ellas, en
buscar un mundo parecido, justo, resplandeciente
y perfecto. Lejano
y etéreo, libre
y confortante; un
mundo donde no hiciese falta mirar las estrellas para imaginar otro
mundo mejor. Una
fantasía, siempre
ha tenido el hombre la capacidad de crear fantasías mirándolas, ha
observado sobrecogido el manto nocturno y ha imaginado, ha
creado dragones y ha producido bellas flores, ha
sido dios y esclavo de ella.
De
esta manera todos los hombres desde el primero, todos
hemos mirado el mismo cielo,imperturbable
en nuestras pupilas, todos
los hombres hemos sentido reflejadas las estrellas en nuestros ojos, y
todos nosotros, humanos, hemos
buscado la fantasía en los astros, todos
iguales, es
eso lo que nos une.
Y
así, miles
de años atrás, mientras
se acurrucaba el
primer hombre, se
durmió; y soñó mecido por la suave nana del canto de las estrellas.
martes, 30 de julio de 2013
Playas de Naufragio.
Chillan, ahí fuera los vientos
canta la lluvia en los cristales,
y en mi corazón, tu ausencia.
Me oculto tras muros y páginas,
pero siemper me acabas encontrando,
y me faltan para tus ojos las palabras.
No me busques ni me encuentres,
que sean tus ojos los que me lleven al naufragio,
cántame, sirena
y bésame, para poder respirar.
canta la lluvia en los cristales,
y en mi corazón, tu ausencia.
Me oculto tras muros y páginas,
pero siemper me acabas encontrando,
y me faltan para tus ojos las palabras.
No me busques ni me encuentres,
que sean tus ojos los que me lleven al naufragio,
cántame, sirena
y bésame, para poder respirar.
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