sábado, 8 de febrero de 2014

Soneto.

Bajo los susurros de tus ojos,
enclaustrado en tu vientre de barro,
preso en el estrado de tu diéresis
sobre el calor directo en tu piel,

en la pluma de tu pie descalzo
y en el calor del aire que espiras
subyacen los secretos de todos
los poemas que jamás escribí.

Vientos ligeros me traen sabores
de una lejana tormenta acústica
y de naranjo discretos pétalos.

Me descarnan la cara y el cielo,
y en tu ausencia dicen dibujando:
todas mis palabras salen de ti.

domingo, 2 de febrero de 2014

El recuerdo de sus ojos: parte primera.

Es destino de grandes hombres tener por costumbre recordar su pasado, adivino por lo consiguiente que no soy uno de ellos. De mi infancia no recuerdo gran cosa, todo se ha humedecido en un poema oscuro y profundo, inmerso en las difíciles tierras de un pantano. Quizás gran parte de esta existencia mezquina sea por esa desgracia.
El único atesorado recuerdo de mi infancia es el de ella, con sus ojos verdes, de luna llena en esas noches de aullar maligno y respiración vertebral. Era muy joven, la conocí cuando mi padre me conducía a las entrañas de la tierra. Bajamos las escaleras de piedra que retumbaban con sepulcral eco, descendimos una a una las costillas del planeta, para adentrarnos en la cueva que servía de refugio al médico.
La temperatura alcanzaba el grado de sobrenaturalidad, un frío azul intenso parecía darnos una suave caricia, como si hubiese alguien deslizando su frío aliento sobre mi joven cabellera, erizando el pelo de mi espalda conforme daba un paso tras otro, las antorchas en los muros apenas si caldeaban con inquina levedad el ambiente, parecían más un adorno que un elemento que realmente estuviese vertiendo algo de calor en la sala.
En la cueva, de forma alargada, realizada con piedras cuadradas de color gris ceniza, decenas, quizás cientos de pasillos confluían paralelamente en uno central en que arremolinaba retazos de niebla azulada que, ante mis pasos y los de mi padre, se disgragaba con suavidad en un eco perenne que se perdía en la infinitud de la cueva. Múltiples camillas tapadas con mantas blancas descansaban bajo las bóvedas de los pasillos, con bandejas y objetos de brillo afilado y aterrador. Desconocía entonces qué albergaban las níveas sábanas, sospechaba que lo averiguaría pronto, mas, me estaría velado durante no muy largo tiempo.
Tal día fue mi último como niño y mi primer día como adolescente, tardaría más tiempo en ser un hombre adulto, pero ese día perdí mi corazón entre los ojos de una mujer, para no recuperarlo jamás entre las piernas de las que sucesivamente vendrían detrás de ella. No conocí otro amanecer en que hubiese de jugar en las puertas de mi casa, a la luz del farolillo en días oscuros o del sol en días claros: mi infancia quedó apresada en aquellos muros gritando como un alma inconexa por cada una de las piedras que componían la cueva.
El médico retomaba sus actividades tras una breve pausa en la que escrutinó a los dueños de los pasos. Al bajar los escalones tropecé, desordenando la quietud del momento con una vibración sónica más alta de lo normal que pareció un insulto a la melodía de nuestros pasos, mi mano se apoyó sobre la pared para evitar la caída y lo sentí. Un frío sobrenatural, como el de un ataud sin acolchar, como de tierra húmeda y oscuro mar del norte se coló en mi mano, en el punto intermedio entre mi cúbito y mi radio en el nexo de la muñeca. Se atenazó allí y se agarró a mis músculos, se llevó mi calor hacia la pared, tragándoselo con una suave succión hasta la negrura y la muerte. Suspiré con asombro y el médico resopló molesto por la interrupción.
Al llegar a la mesa, mi padre y el médico comenzaron a hablar, me dejaron en el ostracismo tras dirigirme una mirada básica de desdén y lo que parecía ser un amago de saludo pueril, ridículo en un hombre que no parecía acostumbrado a palabras de tan grande embergadura como el amor.
Entonces la vi. Estaba quieta en la esquina, con sus poderosos ojos verdes mirándome con una fuerza inusitada para ser una niña, o al menos así la recuerdo. Con el color de lo salvaje, un punto de calor cruel en la sala penumbrosa, la gema que se guardaba en mitad de la cueva. Quedé prendado mientras mi infancia se despegaba de mis hombros y se perdía, como el calor en mi muñeca entre los muros de esa negrura, y me quedaba vacío, con el ardor de esos ojos clavados en el estómago, con el silencio que se impuso atronando en mis oídos, con la férrea atmósfera atenazando mi respiración. Con el río de sensaciones inundándome, a mí, a la cueva, al mundo entero. Mas la realidad me devolvió al mundo real cuando mi padre concluyó la charla con el médico y dijo:
- Eric, te quedarás aquí. Y servirás de aprendiz del doctor Höffman.

domingo, 26 de enero de 2014

Arde París.

Mientras desclavo las espinas,
arde París entre profundas grietas.
Mientras reparo mis dolores,
arde París con el reflejo vacuo.

Mientras se secan las hojas del invierno,
arde París presa de un puño de acero.
Arde París con los campos elíseos,
el Moulin Rouge y Monmartre.

Arde París debajo de las águilas
que arrancan la carne de las colinas,
arde Baudelaire, arde la revolución,
arde la absenta y la ausencia.
Arde París, la serpiente y el pecado.
No en nombre de todos los puros,
sino en el del rayo de ultramar
y el humo de los libros ardientes.

Arde París, arde Europa, ardo yo.
Y sus ascuas las fotografían
millones de cuerpos, portadores de luz.
Y sus ascuas las llevamos
en las espinas de mi corazón.

Y sus ascuas son como una oración,
a la muerte de todas nuestras palabras,
y sus ascuas se repiten con un eco,
por los caminos de un mundo que ya ha ardido.

Y las ascuas las llevo prendidas
en los cuerpos de los niños perdidos,
de los bohemios desaparecidos,
en el dulzor de los pecados elegantes,
y en la muerte del dios iracundo,
por los constantes dioses del equilibrio
que repiten las mismas posturas,
entrenando para no pelear...
entrenando para no pelear...
entrenando para no pelear...
pelear...
 pelear... pelear...

lunes, 13 de enero de 2014

Dos voces.

Quisiera tener dos voces,
una voz grave que pudiese contener el mundo
y otra voz chiquita que divage a su alrededor.

Quisiera tener dos voces,
poder decir que soy nosotros cantando a dúo,
utilizarlas en una danza equilibrada.

Quisiera tenerte en dos voces,
acariciarnos en estéreo, jugarnos en naipes.
vibrar con cada palabra, llorando juntos el nudo.
desnudar la voz, las voces, todo sin cuerpo o pupila.

¡Quisiera tener dos voces,
siete, nueve, cinco, seis!
Seiscientos millones, cien.
Todas las voces desnudas, todos los tonos del mundo.

Quisiera tener mil voces,
Para echar de menos, para verte sin mi voz.
Y volver a tener dos voces, una vez,
dos, cuatro, siete, cinco, nueve, seis, diez.

viernes, 10 de enero de 2014

Receta para la melancolía.

Cójase la primera ola del amanecer y viértase sobre un lecho de niebla vespertina. No escatime en añadir el dulzor de un primer beso, descubra el recuerdo de un desnudo lejano y unas gotas de luna llena y medianoche.
Déjelo reposar, despacio, es una receta que requiere su tiempo, la melancolía estará hecha en el momento en que tenga que llegar, no sea impaciente.
Disponga bien su cocina, póngalo a fuego lento hasta que hierva, cuando suba un vapor añejo, échele el aliento de una voz rota por el bourbon, puede añadir personalidad, un solo de trompeta de Louis Armstrong puede ser incluso recomendable, uno solo de los pasos de Sinatra bastan: terminar su novela favorita será personalísimo.
Aumente entonces los colores, disponga de un azul oscuro de lluvia, un azul suave de nube en la montaña, el negro de un cielo de ciudad, rojo de la punta de un cigarrillo huérfano perdido en la acera, sin terminar de consumirse; amarillo de los ojos de los gatos nocturnos.
Una lágrima de una mujer enamorada, perdida en su almohada; el corazón roto y oculto de un hombre exprimido gota a gota en la barra de un bar. Estos ingredientes serán los que le den el toque más característico. El humo de una vela al apagarse fugazmente es decisivo para que quede bien, remover en cualquier sentido, el que el corazón desee, el que menos mal siente. 
Por último vierta los olores, perfume de Lavanda, Romero de aquellos que sufren, Laurel para los victoriosos, resina de Pino para darle profundidad. Añádase una cicatriz y un candado. Piérdase la llave. Dejar reposar, no demasiado, pues podría asentarse para siempre.

Tómese templado, acompañado un vaso de soledad. Empacha si se toma demasiada.

martes, 7 de enero de 2014

Cuando me hablas de Amor.

jueves, 2 de enero de 2014

El cuento de no saber borrarse a sí mismo.

Arranca  de la pared los cuadros,
distánciate del  soplo de la nube,
nunca, nunca mires más a la niebla.
La tierra llora sangre gris de pavimento,
los diablos danzan al amanecer ocre.
El sonido del vómito al caer la melodía,
los cuentos de de la ciudad perdida.
El quejido en el campo discreto,
el sabor de las sábanas si tú no estás conmigo.
El ruido que silencia la marea interior.
Todo ello compone el cuadro que arrancas,
y dejas tirado en el suelo sin borrar,
cambias el vestuario, las sábanas,
el campo, la sangre, el llanto.
Pero tus pinturas ahí siguen,
tocas y tus pinturas están en tus notas,
tus pinturas en tus palabras.
El cuento de no saber borrarse a sí mismo,
la triste historia de contar segundos,
de ser lo único fijo en una esfera,
que gira tanto que no tiene forma concreta.