miércoles, 4 de noviembre de 2015

Pánico.

Cuando los caballos me golpean el pecho
desnudos como una pandilla de niños,
gritan rayando cristales anestésicos
y una niebla verde me nubla los ojos;
mil obreros me llenan de ruido denso,
sin parar, levantan muros a mi lado.

Un guante negro de acero me presiona,
empuja fuerte mi estómago hacia arriba,
duerme entre mis costillas como una piedra
y gruñe cada vez que el aire entra en mí.

Cuando el polvo despega sobre mi espalda,
sombras de vacío me crecen en el cuello,
se me oxida la lenta respiración
y se me llena la rápida de escombros.

Cuando mi cabeza se volatiliza,
venas y brazos se llenan de burbujas,
mi cuerpo necesita desaparecer
y los hombros necesitan crecerse alas.

Cuando todo eso pasa,

hasta tú pareces fundirte en la escena,
difuminarte en la pantalla descalza,
ser sólo una sombra desnuda en la luna,
y venir otra vez con la voz partida,
cantándome con esta voz que no es tuya,
arañándome con los dedos ajenos,
expulsándome del Edén de marfil,

hasta que domo las bestias y vuelves a mí.

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